Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo al otro lado de la línea.
- ¿Quién es?- pregunté
- Yo soy el que jadea- respondió una voz neutra, quizá algo cansada.
Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
- ¿Quién era?
- El que jadea- dije
- Habérmelo pasado.
- ¿Para qué?
- No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oí hablar con el psicópata.
- No te importe - decía -, resopla todo lo que quieras hijo, A mí no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como un americano. Enhorabuena hijo.
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Este fragmento corresponde a un capítulo del libro Cuentos de adúlteros desorientados, de Juan José Millás y vino a mi mente después de quedarme un rato baboseando en la cocina viendo el viejo teléfono que cuelga en la pared y que es por cierto el de la fotografía que ilustra este post.
Este aparato trae a mi mente docenas de divertidas historias de épocas en las que no existían los identificadores de llamadas, donde se podían hacer bromas en las que lo único que se buscaba era soltar una buena carcajada, sin el afán de afectar a nadie. Era el aliado al que corrías para marcar lo más rápido posible tratando de ganar algún concurso visto en la televisión o escuchado en la radio y que te hacía llorar porque las líneas siempre estaban ocupadas y había que marcar otra vez todo el número girando el disco. Fue el cómplice perfecto para llamar al amor en turno y colgar al no saber qué decir por los nervios, rogando que se imaginara que eras tú quién llamaba; el mismo que te dejaba con la horrenda duda cuando la llamada era entrante y no emitían sonido alguno del otro lado.
Mi abuela siempre dice: "Es el mudo marcando" y suelta una serie de maldiciones aventando el auricular contra el pobre aparato, porque a pesar del tiempo, el teléfono sigue funcionando, sigue siendo parte de la familia y de las locas aventuras que forman el día de esta casa.
El resto del cuento de JJ Millás es muy divertido y recomendable, me encantaría transcribirlo completo, pero no sería justo que alguien terminara estrellado contra el teclado por quedarse dormido, ni me gustaría meterme en líos por derechos de autor, ja!