Hace unos días ví en un canal de cierta cadena de televisión, un spot en el que invitaban a los papás a llevar a sus hijos a una audición porque están buscando a la nueva generación de "estrellas". "Si tu hijo canta, actúa, baila o hace alguna gracia como changuito, traélo, lo andamos buscando".
Ya estaba preparada para despotricar, pero tuve que contenerme y morderme la lengua porque llegó a mi mente una historia de terror de esas que debieron quedarse olvidadas en el limbo acompañando a los extraños momentos en que no sabes si estás despierto o si tienes una pesadilla.
Alguna vez, allá por los chochentas cuando yo era niña, hubo una convocatoria similar a la que están promocionando, de hecho, era la misma cadena de televisión. Buscaban niños que fueran los nuevos talentos en un programa de chiquillos para que reemplazaran a los que ya eran adolescentes y que tenían que salir del aire.
La leyenda cuenta que yo pedí que me llevaran a audicionar, la realidad, no me acuerdo si fui yo o si fue idea de mi mamá, pero el caso es que asistí al dichoso casting.
Recuerdo que llegamos temprano, pero aún así, nos tocó caminar varias cuadras para llegar al final de la fila. Pasaron las horas y paso a pasito nos acercábamos a la casa donde sería la audición. De repente de entre el tumulto de gente, apareció una señora que resultó ser excompañera de la secundaria de mi mamá.
La señora, obviamente, iba a lo mismo que nosotras, llevaba con ella una niña de mi edad de la que presumía y aseguraba que sería el siguiente talento de la televisión mexicana.
La estrellita aquella (de acuerdo a la verborrea de la madre) tomaba clases de música, de baile, de canto, de actuación. Tenía dos hermanos mayores que por la edad ya no entraban en esta convocatoria, pero que salían en obras de teatro de la escuela, cantaban como coristas en no sé dónde demonios y seguramente encontrarían su oportunidad también dentro del mundo del espectáculo.
¿Yo? yo solo había tomado ballet, las únicas clases de canto que había tomado eran en la primaria y la única vez que había tomado un micrófono en mi vida había sido a los 3 años jugando con mi mamá para grabar un cassette con canciones que había aprendido en el kinder.
El tiempo seguía pasando, la señora con el pretexto del bla, bla, bla se metió a la fila y horas después de estar formados, salió una persona a decir que el casting se había terminado por ese día, pero que darían los últimos 100 números para que la siguiente semana los papás volvieran a llevar a audicionar a los afortunados. Para buena suerte de la colada, alcanzamos numerito, así que las madres se despidieron y quedamos de vernos la siguiente semana para dar un paso más en nuestra carrera artística.
La siguiente audición yo llegué exactamente igual que en la anterior, sin saber ni qué onda, pero la mamá de la niña estrella contó que ellas llevaban preparadas 3 rutinas: una de canto, una de baile y otra de actuación. Dijo que le había pagado clases extras a su Miss de canto y que los hermanos de la niña la habían ayudado a montar una coreografía y una escena de no sé qué cuento para niños.
Yo iba de jeans, zapatitos y coletas; ella llevaba todo un vestuario, peinado y maquillaje.
La fila empezó a avanzar y llegamos a la puerta. Nos juntaron en pequeños grupos y nos formaron en la entrada del foro. Cuando llegó nuestro turno y para evitar que los nervios se hicieran más grandes, a las mamás las mandaban a una salita situada a la salida, allí tenían que esperarnos y desde allí podían ver la audición en unos monitores.
Mi madre me deseó suerte y a la niña estrella le rezaron un rosario entero, le dieron instrucciones de última hora y la hicieron repetir su diálogo por última vez para saber que no lo había olvidado.
La cortina se abrió y el show comenzó. Ahí estaban las cámaras, los micrófonos, los reflectores, los productores y los técnicos que acomodaban toda la escenografía dependiendo de lo que fuera a hacer el niño.
Yo pasaría primero. El niño antes que yo estaba por terminar su rutina cuando sentí que una manita fría tomaba la mía, era la niña estrella. Cuando volteé a verla me preguntó:
Niña estrella- ¿Qué vas a hacer?
Yo- No sé, supongo que a cantar.
N- Aahhhh... Oye, ¿y si decimos que somos hermanitas y paso contigo?
Y- Pues si quieres, pero yo no me sé las rutinas que tú sabes.
N- No importa, me las aprendí por mi mamá, pero dime ¿qué vamos a cantar?
Y- ¿Te sabes la de Ay amor de Flans?
N- Sí
Y- Ah, pues si quieres esa.
N- Sí, sí quiero, esa me gusta yo creo que estará bien.
Llegó el turno, nos recibió una muchacha, nos paró enmedio del foro y un señor detrás de la cámara nos preguntó nuestro nombre y que qué íbamos a hacer.
Y- "Somos hermanitas y vamos a cantar Ay amor de Flans"
Acto seguido, se apareció un técnico que nos dio un micrófono a cada una, se encendió el reflector y con la afinación más desafinada del mundo, nos aventamos Ay amor de Flans, a capella.
Cuando terminamos, los técnicos aplaudieron, regresamos el micrófono, dimos las gracias y nos dirigimos a la salida. Hasta ese momento, fue cuando la niña estrella, me soltó la mano.
Cuando llegamos a la salita, yo iba feliz como lombriz a contarle a mi mamá que había cantado para la cámara, pero a la niña estrella no le fue nada bien. Su madre estaba en shock, enojada, con la cara que parecía que le iba a estallar. Recuerdo que le puso una regañiza; acababa de echar por el caño su carrera artística, ya podía olvidarse de salir en televisión y ser un gran talento! La tomó de la mano, la hizo despedirse de nosotras y se la llevó de un jalón.
Para colmo de la mala suerte de la mamá, las audiciones fueron transmitidas el siguiente fin de semana en horario estelar del programa de los Domingos, yo fui feliz de verme cantar horriblemente en televisión, pero de la niña estrella, no volví a saber nada jamás.
The End...