Alguna vez...

Yo no tuve una niñez perfecta, pero fui una niña sumamente feliz! Tuve una bicicleta Apache color amarillo que me trajeron "los reyes" en la casa de mi abuelo y tuve un carrito de esos con los que te impulsabas con tus patitas para avanzar. Era una maravilla (para mí) porque era rojo, tenía claxón en el volante amarillo y la tapa del asiento se levantaba para guardar mil cosas en "la cajuela"; Yo lo bauticé como mi Boogie.
Mi tía me enseñó a patinar con unos patines metálicos en los que metías tu pie con todo y zapato y que se ajustaban a tu medida. Para que no me cayera, ella me amarraba con un trapo a la altura de la cintura y cuando yo me tropezaba, me daba un jalón hacia arriba y me evitaba el trancazo en las rodillas.
Un día de reyes les pedí en mi carta la casa de muñecas de la Barbie y oh sorpresa, que al despertarme lo que encontré en la sala fueron un montón de muebles de madera para una casita que no había llegado. Horas más tarde llegó mi tío enviado por los reyes, con una enorme casa de tres pisos, hecha también de madera y en la que ajustaban perfectamente los muebles recibidos por la mañana. Dentro de esa casa habitaba una enorme familia de playmobil que además de la mansión, contaban con un camper, un auto verde convertible y el local de una tienda de abarrotes. Esa casa se volvió mi escondite para jugar por horas enteras y la única persona con quien la llegué a compartir fue mi adorada prima.
Barbies solo tuve 2. Ambas regalos de mis tíos. Mi madre nunca me las quiso comprar porque decía que eran los juguetes más caros y corrientes que conocía. Muñecas tuve muchas, casi todas Lily Ledy... La que lloraba, la que reía, la que hablaba, la que caminaba, pero la que comía y luego se cagaba nunca me llamó la atención.
Tuve mi botiquín de doctor de Mi Alegría y también mi super juego de química. Tuve muchos cuadernos para iluminar y colores prismacolor y unos bicolores de los que mi favorito era el que tenía el color rosa de un lado y el morado del otro (ironías de la vida porque ahora no soporto el morado). También tuve plumonitos con los que dejaba mensajes escondidos dentro de mis cuadernos de la escuela.
Mi compañero de juegos era un perro de peluche que se llamaba Pulgoso y que cuando se ensuciaba, mi abuela lo destripaba y lo echaba a la lavadora.
De mascotas tuve un conejo que se llamaba Kory, un pollo y un pato que se llamaba limón. Al conejo lo hicieron mixiote (oh triste y larga historia), del pollo no me acuerdo y el pato solo duró dos días en casa porque mi mamá no podía dormir con su cuack cuack.
Jugaba mucho serpientes y escaleras, damas chinas y turista. Mi especialidad era brincar la cuerda (lo cual tiene una extensa historia digna de otro post) y era buena gimnasta.
De más pequeña me trepaba al refrigerador a morder las manzanas y ahí me quedaba por horas hasta que alguien se daba cuenta y me cargaba para poder bajar.
Tuve un robot 2XL que funcionaba con cassettes de 8 tracks y cuando llegó el Atari, mi mundo se iluminó. Tuve una cámara kodak de 110 mm que funcionaba con flashes de cubito desechables y no tengo la menor idea de qué cosas tomaba con ella.
Veía programas como La señorita Cometa, Skippy, Flipper, El capitán Cavernícola, Los pájaros patinadores, Tom Sawyer, los Duques de Hazzard, Burbujas, Chabelo y amaba Don Gato, Los locos Addams, Mi bella genio y Hechizada. Fui generación Flans y Timbiriche (no sé si debería darme pena) y mi libro favorito era Alicia en el país de las maravillas.
Me daban miedo los Gremlins, el horrendo ET y antes de irme a dormir, le ponía una tabla a mi bote de los juguetes para que los endiablados pitufos no se fueran a salir y me mataran en la mitad de la noche.
Me aventaba con mis primos en avalancha y era fan de los columpios y las resbaladillas.
Los 30 de abril eran doblemente especiales porque era el único día que el colegio nos dejaba ir sin uniforme y nos regalaba dulces y porque por las tardes, mi tío siempre me llevaba a Vips a comer un helado (un gigantesco banana split) y como 3 veces me llevé algún juguete como premio de las rifas que organizaban.
En verdad que fui una niña feliz. Nunca me faltó cariño, apapachos ni consentimientos. Sufrí lo que debía, pero en realidad disfruté más de lo que tenía. Creo que debería recordar esa parte de mi niñez con más frecuencia a estas alturas de la vida...