Cerrando Enero...

Comencé el año bien macha como la Tucita y me dejé realizar dos cirugías menores para avanzar en mi tratamiento de ortodoncia.
Lo primero para lo que me tuve que aguantar, fue para el tratamiento de  inyecciones de antibiótico que el adorado doctor Bryan me envió, porque justo unos días antes de la cirugía, andaba con una infección en la garganta y obviamente si no mejoraba pronto, no me podrían operar. Dijo que dolería y yo muy ingenua pensé que me estaba engañando, pero nooooo, vaya que me acordé de él y su familia los siguientes seis días! Jajaja. En fin, todo fue por mi bien y de verdad se lo agradezco. :)
La primera de las cirugías fue hace tres semanas; me quitaron las dos muelas inferiores del juicio y hasta eso no me fue mal. Quitando el que tuve look de hámster como tres días, ésta vez me suturaron y la cicatrización fue más rápida que hace año y medio cuando me quitaron los premolares y que me aventé casi un mes con problemas porque las condenadas heridas del lado derecho no querían cerrar.
La segunda cirugía fue el viernes pasado. Una frenoctomía que en mi caso consistió en cortar la parte fibrosa del frenillo que no permitía que los dientes centrales se junten por completo. Me hicieron tres pequeños cortes, uno en el paladar, otro en el frenillo que está entre la encía y labio y el último entre los dientes centrales. De los tres me quitaron unos pedacitos de tejido que estaban bastante duros y que tenían una textura extraña. La única sutura que traigo es entre la encía y el labio y fue extraño porque aunque no me dolió por la anestesia, sentía muy bien los cortes que el dentista me estaba haciendo.
El detalle que había que tomar en cuenta de la frenoctomía, es que ésta debía realizarse justo un día antes de mi cita con el ortodoncista para evitar que la herida comenzara a cicatrizar y se volviera a formar el tejido. Así que el viernes fue la recortada y el sábado ya estaba sentadita de nuevo en el consultorio esperando que me revisaran y que me cambiaran todo mi alambrerío.
Todo iba bien hasta ahí, pero con el cambio de ligas, arco y bla, bla, bla, más la cicatrizada de la herida, he traído un tremendo dolor que no me ha dejado ni comer y como obviamente los dientes centrales ya empezaron a moverse, eso hace que el dolor sea todavía más intenso.
El próximo viernes tengo cita para que me quiten los puntos, así que mientras el día llega y el dolor disminuye, yo seguiré a dieta de gelatinas, licuados, consomé de pollo y papillas de fruta acompañadas de una buena y consistente dosis de ibuprofeno!
Ni modo, todo sea por tener una linda y sana sonrisa... Lo siento por los que están a mi alrededor porque si de por sí casi no me aguantan, ahora que ya estoy desjuiciada y desenfrenada, menos me van a aguantar! U.U

Un adverbio se le ocurre a cualquiera...

Quien me ha seguido un tiempecillo por este blog, sabe de mi admiración por el señor Juan José Millás y su narrativa. Hoy vengo a compartirles un poco de su escritura en este artículo publicado en la revista española Interviu, el 4 de mayo del 2009 y que lo hizo ganador de el Premio Don Quijote de periodismo, en su natal España. Ojalá les guste. :)

Un adverbio se le ocurre a cualquiera.
Hemingway cobraba los artículos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones que adverbios, conjunciones que artículos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabía quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio había una tienda de ultramarinos, una mercería, una droguería, una panadería, una lechería… Pero no había ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente había que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario.
Imaginé entonces que ponía una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendía a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponía yo, venía de sustancia. Si la sustancia de una frase dependía de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venía el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahí, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasías, compraba tres sustantivos, le regalaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria había también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja…
El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedía también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el día construyendo oraciones. Las había de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mí me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, había mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas.
La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difícil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un día que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mí, le dije que no se preocupara, pues había decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debía poner mis energías en cuestiones prácticas. Ahí acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituían un capítulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable.
De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envío al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artículo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artículo estupendo. Me levanté, cogí un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolígrafo, pero la pieza había desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artículos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio. Un adverbio se le ocurre a cualquiera. 
Fuente: http://www.interviu.es/opinion/papel-mojado/un-adverbio-se-le-ocurre-a-cualquiera/

Te sabes la de...

Hace unos días ví en un canal de cierta cadena de televisión, un spot en el que invitaban a los papás a llevar a sus hijos a una audición porque están buscando a la nueva generación de "estrellas". "Si tu hijo canta, actúa, baila o hace alguna gracia como changuito, traélo, lo andamos buscando".
Ya estaba preparada para despotricar, pero tuve que contenerme y morderme la lengua porque llegó a mi mente una historia de terror de esas que debieron quedarse olvidadas en el limbo acompañando a los extraños momentos en que no sabes si estás despierto o si tienes una pesadilla.
Alguna vez, allá por los chochentas cuando yo era niña, hubo una convocatoria similar a la que están promocionando, de hecho, era la misma cadena de televisión.  Buscaban niños que fueran los nuevos talentos en un programa de chiquillos para que reemplazaran a los que ya eran adolescentes y que tenían que salir del aire.
La leyenda cuenta que yo pedí que me llevaran a audicionar, la realidad, no me acuerdo si fui yo o si fue idea de mi mamá, pero el caso es que asistí al dichoso casting.
Recuerdo que llegamos temprano, pero aún así, nos tocó caminar varias cuadras para llegar al final de la fila. Pasaron las horas y paso a pasito nos acercábamos a la casa donde sería la audición. De repente de entre el tumulto de gente, apareció una señora que resultó ser excompañera de la secundaria de mi mamá. 
La señora, obviamente, iba a lo mismo que nosotras, llevaba con ella una niña de mi edad de la que presumía y aseguraba que sería el siguiente talento de la televisión mexicana. 
La estrellita aquella (de acuerdo a la verborrea de la madre) tomaba clases de música, de baile, de canto, de actuación. Tenía dos hermanos mayores que por la edad ya no entraban en esta convocatoria, pero que salían en obras de teatro de la escuela, cantaban como coristas en no sé dónde demonios y seguramente encontrarían su oportunidad también dentro del mundo del espectáculo. 
¿Yo? yo solo había tomado ballet,  las únicas clases de canto que había tomado eran en la primaria y la única vez que había tomado un micrófono en mi vida había sido a los 3 años jugando con mi mamá para grabar un cassette con canciones que había aprendido en el kinder.
El tiempo seguía pasando, la señora con el pretexto del bla, bla, bla se metió a la fila y horas después de estar formados, salió una persona a decir que el casting se había terminado por ese día, pero que darían los últimos 100 números para que la siguiente semana los papás volvieran a llevar a audicionar a los afortunados. Para buena suerte de la colada, alcanzamos numerito, así que las madres se despidieron y quedamos de vernos la siguiente semana para dar un paso más en nuestra carrera artística.
La siguiente audición yo llegué exactamente igual que en la anterior, sin saber ni qué onda, pero la mamá de la niña estrella contó que ellas llevaban preparadas 3 rutinas: una de canto, una de baile y otra de actuación. Dijo que le había pagado clases extras a su Miss de canto y que los hermanos de la niña la habían ayudado a montar una coreografía y una escena de no sé qué cuento para niños. 
Yo iba de jeans, zapatitos y coletas; ella llevaba todo un vestuario, peinado y maquillaje.
La fila empezó a avanzar y llegamos a la puerta. Nos juntaron en pequeños grupos y nos formaron en la entrada del foro. Cuando llegó nuestro turno y para evitar que los nervios se hicieran más grandes, a las mamás las mandaban a una salita situada a la salida, allí tenían que esperarnos y desde allí podían ver la audición en unos monitores.
Mi madre me deseó suerte y a la niña estrella le rezaron un rosario entero, le dieron instrucciones de última hora y la hicieron repetir su diálogo por última vez para saber que no lo había olvidado. 
La cortina se abrió y el show comenzó. Ahí estaban las cámaras, los micrófonos, los reflectores, los productores y los técnicos que acomodaban toda la escenografía dependiendo de lo que fuera a hacer el niño. 
Yo pasaría primero. El niño antes que yo estaba por terminar su rutina cuando sentí que una manita fría tomaba la mía, era la niña estrella. Cuando volteé a verla me preguntó:
Niña estrella- ¿Qué vas a hacer?
Yo- No sé, supongo que a cantar.
N- Aahhhh...  Oye, ¿y si decimos que somos hermanitas y paso contigo?
Y- Pues si quieres, pero yo no me sé las rutinas que tú sabes.
N- No importa, me las aprendí por mi mamá, pero dime ¿qué vamos a cantar?
Y- ¿Te sabes la de Ay amor de Flans?
N- Sí
Y- Ah, pues si quieres esa.
N- Sí, sí quiero, esa me gusta yo creo que estará bien. 
Llegó el turno, nos recibió una muchacha, nos paró enmedio del foro y un señor detrás de la cámara nos preguntó nuestro nombre y que qué íbamos a hacer.
Y- "Somos hermanitas y vamos a cantar Ay amor de Flans"
Acto seguido, se apareció un técnico que nos dio un micrófono a cada una, se encendió el reflector y con la afinación más desafinada del mundo, nos aventamos Ay amor de Flans, a capella. 
Cuando terminamos, los técnicos aplaudieron, regresamos el micrófono, dimos las gracias y nos dirigimos a la salida. Hasta ese momento, fue cuando la niña estrella, me soltó la mano.
Cuando llegamos a la salita, yo iba feliz como lombriz a contarle a mi mamá que había cantado para la cámara, pero a la niña estrella no le fue nada bien. Su madre estaba en shock, enojada, con la cara que parecía que le iba a estallar. Recuerdo que le puso una regañiza; acababa de echar por el caño su carrera artística, ya podía olvidarse de salir en televisión y ser un gran talento! La tomó de la mano, la hizo despedirse de nosotras y se la llevó de un jalón.
Para colmo de la mala suerte de la mamá, las audiciones fueron transmitidas el siguiente fin de semana en horario estelar del programa de los Domingos, yo fui feliz de verme cantar horriblemente en televisión, pero de la niña estrella, no volví a saber nada jamás.
The End...

01.01.2011

Primer propósito de año nuevo: Retomar la escritura en este blog... 
¡Propósito cumplido! ¡Qué rápida me he vuelto en este 2011 para cumplir lo que me propongo! jajajajajajaja....